lunes, 29 de diciembre de 2008

CAMBIAR DE OPINIÓN, MI DESEO PARA 2009




A los humanos nos cuesta un Perú cambiar el modo de pensar. Hay pruebas concretas hechas con resonancias magnéticas: el rechazo frente a una idea nueva es inmediata, quizá por lo mismo que hemos señalado alguna vez en este blog y refiere a que la condición inicial para aceptar una verdad es impugnarla. Ante las creencias instaladas, una idea nueva no se razona sino que se rehusa. Por eso cuesta tanto que un cliente acepte una creatividad que no le es familiar. Viene a cuento repetir lo apuntado tantas veces: cuando a un cliente le agrada nuestro trabajo, sencillamente no sirve. Paradoja grande si las hay… Y por qué? Porque si le gusta es que ha visto algo que sigue siendo igual a sus creencias pasadas. No hay ruptura del paradigma. Y sin ruptura nuestra labor es lábil, tiene pocas posibilidades de ser recordada.

Querría entonces para el nuevo año –es un modo decir, a propósito de los buenos augurios- habituarme más a cambiar de opinión, sin sentirme traicionado por mí mismo, recordarme más seguido de la felicidad es algo que se gestiona y no un acontecimiento cuya aparición llega por generación espontánea.

Durante el presente año hice varios intentos, tengo conciencia de ello. También querría entender más mis propias emociones, saber por qué siento lo que siento en determinados momentos. Es sano saber por qué uno está triste, angustiado… o alegre, contenido, dichoso, emociones que siempre serán transitorias como la propia felicidad.

Abolir el pensamiento mágico es un interesante propósito, creo que vale la pena animarse. Dentro de poco cumplo años y cada vez más advierto que también el tiempo es una inteligente invención humana; puesto que no existe sino para ordenar un poco las transacciones entre personas, sus compromisos y avatares, sus luces y sus sombras. Que si al fin lograra lo que expuse, será otro buen ejercicio creativo.

Feliz 2009, por anticipado.

2 comentarios:

María de la Paz dijo...

Un vendaval que nos despega los pies de la tierra
Y volamos muy alto y todo a nuestro alrededor es brillante cielo infinito

Una brisa liviana que nos acaricia la piel
Y nos mueve lentamente como a una barcaza en un lago inmóvil

Una calma chicha que nos adormece
Y nos obliga a aletear muy fuerte para que el aire entre nuevamente en movimiento

La felicidad siempre es viento

Domingo Lupis dijo...

Bellísimo lo que escribiste sobre la felicidad, María! La felicidad siempre es viento... cómo quiero sentir esa brisa pegándome -suavemente- en la cara!

Gracias, talento andante...!

Beso!